Guillermo Bazzola, improvisación y experiencia musical

 improvisación

Guillermo Bazzola – Entrevistas a improvisadores libres IV

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¿Cuál es tu procedencia musical?
Un chico a quien le gustaba la música porque tenía padres y algún tío que acostumbraban a escuchar discos y radio en casa, y un poco más adelante también algún amigo mayor que tenía amigos que tocaban jazz, que era la música que más amaba.

Es raro esto en un chico, pero ocurre que en casa sonaban discos de Benny Goodman o Glenn Miller y me atraían esos sonidos, así que luego descubrí a Tommy Dorsey y Duke Ellington. Mi amor por la guitarra de jazz diría que tiene un momento clave, que es cuando, teniendo yo unos 11 o 12 años, escuché en directo a Oscar Alemán, que fue un gran guitarrista argentino que vivió en los ‘30 en Francia y tocó con Josephine Baker.

Algo de rock también me gustaba (sobre todo grupos con buenos guitarristas como Led Zeppelin, Pink Floyd o Deep Purple, o mi ídolo, Carlos Santana) y un buen día descubrí el jazz-rock, y a partir de ahí se abrió todo un mundo para mí, ya que establecí contacto con el jazz en sus variantes más modernas.

¿Cuáles son las influencias que te han ayudado al aprendizaje de tu lenguaje improvisatorio?
Veo un par de acepciones de “influencia” según la RAE: “Poder de una persona o cosa para determinar o alterar la forma de pensar o de actuar de alguien” y “Efecto, consecuencia o cambio que produce una cosa en otra.”

Soy de los que piensan que en el arte hay que buscar un camino personal, por lo tanto me guío más por la segunda acepción que por la primera, aunque ambas, de un modo u otro, están entrelazadas. Todo músico naturalmente busca en sus inicios modelos en los que inspirarse (Clark Terry habla de tres etapas: imitación, asimilación e innovación). Pasada esa etapa inicial, uno busca (o debería en mi opinión) ya referencias en conceptos más que en personas a imitar.

Y agrego: cuanto más distintos a nosotros (y por lo tanto menos imitables) sean nuestros modelos, mayor es la abstracción que debemos hacer, y por lo tanto mayor es la posibilidad de que incorporemos nuevos conceptos e ideas de un modo personal y no como mera imitación.

Guitarristas que me han ayudado a conocer el instrumento: Jim Hall, John Abercrombie, John McLaughlin, y Allan Holdsworth. Músicos que me han ayudado a ver los confines del jazz: Duke Ellington, Charlie Mingus, Thelonious Monk, Ornette Coleman, John Coltrane, Kenny Wheeler, Jack DeJohnette, Gil Evans, y Miles Davis. Músicos que me ayudaron a traspasar esos confines: Bela Bartok, Claude Debussy, Igor Stravinsky, Edgar Varese, los grandes maestros de la música de la India (gracias de nuevo John Mclaughlin -y Colin Walcott– por presentármelos), mi maestro Pedro Aguilar, el maestro Luis De Pablo.

En fin, la lista es interminable y siempre en construcción.

¿Cuándo y cómo llegaste a la improvisación libre?
De una u otra manera siempre lo hice. Recuerdo que mis primeras “zapadas” (así es como llamamos a las jams caseras en Argentina) tenían que ver con tocar cosas muy sencillas. A veces un riff de bajo, otras un par de acordes. Alguna jam de 1980 (no había cumplido todavía los 18 y la conservo en cassette) ya fue más jazzística y con un perfil más free. Siempre sentí una conexión más natural con la música desde la improvisación que desde la ejecución de partes prefijadas, y esa actitud siempre traté de conservarla aun cuando estuviese tocando temas con forma, secuencias de acordes, etc.

En lo específico, durante mis últimos años en Argentina (1998 a 2001) lo empecé a practicar con más asiduidad. Long Ago, el álbum a dúo con Ernesto Jodos, contiene cuatro piezas cortas totalmente improvisadas, mis discos con el Summer Quartet traen temas que incluyen secciones totalmente libres, y con el grupo En El Aire, que incluía cuatro vientos, había secciones abiertas, backgrounds improvisados, conducción.

Ya en España, me involucré más desde hace un par de años, a partir de la experiencia con el Gnu Trio (desde 2007) junto a Marcelo Peralta y Andrés Litwin, y luego con Risto Vuolanne y Fernando Lamas, con quienes formamos Kotka en 2014. Y un poco más adelante con los amigos de Raras Músicas: Gregorio Kazaroff, Javier Entonado (a.k.a. Arín Dodó), y especialmente Ricardo Tejero, con quien en un tiempo relativamente corto participé, y participo, en distintos proyectos que en mayor o menor medida incluyen la improvisación libre.

“Siempre sentí una conexión más natural con la música desde la improvisación que desde la ejecución de partes prefijadas, y esa actitud siempre traté de conservarla”.

En el medio realicé un viaje a Nueva York, y tuve la oportunidad de tocar con grandes músicos locales: Daniel Carter, Lou Grassi, Ken Filiano, Joe Fonda, Kenny Wessel, Joe Hertenstein, Dom Minasi. Con dos de ellos (Carter y Hertenstein) grabé una sesión que espero poder editar.

¿Qué actividades desarrollas como improvisador?
En la actualidad formo parte de The Hat, un trío con Ricardo Tejero en vientos y Sam Hall en batería y percusión. Solemos juntarnos a tocar, y cada tanto hacemos algún concierto. También formo parte de la orquesta Raras Músicas. En solitario me gusta experimentar con loops y electrónica, y hace poco musicalicé un video usando músicas improvisadas. En mis proyectos más orientados al jazz siempre trato de incluir material derivado de la experimentación sonora.

¿Cuál crees que es tu papel en la escena de improvisación?
Aprovechar oportunidades para enriquecer mi conocimiento de la música, y a cambio ofrecerlo a otros que puedan estar interesados en compartir conmigo la experiencia de la creación musical.

¿Podrías explicar brevemente tu concepto musical?
La experiencia musical es algo realmente complejo, y por lo tanto es difícil de poner en pocas palabras. En principio considero que el arte de la creación musical reside en la composición. También pienso que la improvisación es, en términos generales, una forma de componer música (“instant composition”, al decir de Jim Hall). Algunos de los pioneros del free, de la improvisación, como Ornette Coleman o Sam Rivers, fueron grandes compositores.

Por lo tanto, trato de orientar el aprendizaje (mío y de mis alumnos) en función de desarrollar una mentalidad compositiva. Esto no implica necesariamente convertirse en un compositor en el sentido clásico del término, pero sí tener un dominio de lo formal en música. Esto significa poder apreciar la música como totalidad, y al mismo tiempo visualizar los elementos que dan forma al discurso musical. Es la elección y la combinación de estas pequeñas piezas lo que termina generando modificaciones en la totalidad. En la medida de que uno conozca y controle más elementos, más complejidad, más variedad y más riqueza.

Atención que digo “complejo” y no “complicado”. Ser conscientes de esa complejidad nos habilita a reaccionar de maneras distintas ante un mismo estímulo, por lo que el resultado bien puede ser algo simple. Ya lo expresó Bill Evans en las liner notes que escribió para Kind of Blue.

Por J. G. Entonado y Arín Dodó

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