Taki Ongoy, por esos discos que valen la pena bailar

Taki OngoyTaki Ongoy, la enfermedad del baile

Porque aquí nos gusta bailar. Demasiado. Porque bailamos llorando, porque bailamos para olvidar, pero siempre terminamos recordando.

El año pasado hubo un concierto especial, rarísimo. El Otro Baile siempre fue para mí un pequeño mundo alterno. Cerradito, bien escondido. Cuando me fijé en el evento en redes sociales, ya había pasado. Me había perdido la oportunidad de escuchar temas de Taki Ongoy en vivo.

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Hace pocos días tocó Enfant, otra de las bandas de esta pequeña disquera, que es demasiado profesional para decirle under, pero demasiado experimental para juntarla con las demás. Enfant, Nicolás Uxusiri, Christian Aillón, Nonsum, Mellizos Gonzáles, Dante Domínguez y Taki Ongoy conforman El Otro Baile. No hablaré de cómo parecen ser diferentes facetas de los mismos músicos. No estoy capacitada para tal inspección, pero probablemente volveremos a ellos luego, con más cariño, más atención.

Aquí el enfoque es en Taki Ongoy, ya fuera de los micrófonos hace varios años. De todas formas, aún vigente. Dante Domínguez, Bernardo Paz y Christian Aillón no rompieron esquemas tradicionales, crearon uno nuevo. Precursores siempre habrán. Wara y La Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos de Cergio Prudencio son quizás un piso para asentar a Taki Ongoy. Y es que recupera cierto trance, resultado de la experimentación con la guitarra y las melodías autóctonas de uno de ellos, y del otro encuentro de ciertas raíces poéticas e inexploradas pero llevadas al extremo.

Taki Unquy, en quechua, significa enfermedad del baile. En el siglo XVI, en las primeras décadas de la invasión española, el imaginario indígena ya estaba siendo destruido ante la llegada del cristianismo. Nuevo pensamiento impuesto, obligado, negaba todo lo ajeno, todo lo desconocido. Iglesias construidas encima de los lugares sagrados, escritos quemados, voces calladas bajo la misión civilizadora. A mediados de 1500 surge este movimiento religioso indígena, que decían era una manifestación de las huacas, deidades incaicas que se apoderaban de los indígenas y los hacían bailar, cantar, por días, en trance infinito.

Pero volvamos a nuestro siglo. 2011, salió un primer disco, de esos que los críticos llaman “ahead of it’s time”. Canciones escritas desde el Asilo: Los perros, Los pájaros, Los niños, La lluvia, La Carta y Las ballenas.

En Los Perros, una guitarra distorsionada se pierde entre la melodía aguda del piano y, al final, la voz de Felix Palenque canta su bailecito vallegrandino, “Llorando te has de quedar”.

Si en Los Perros escuchábamos gruñidos y ladridos, en Los pájaros se recupera una voz. Es Jaime Sáenz leyendo su poema “La Partida”, y debemos citarlo por completo porque es Sáenz, es una obligación: “Por tu modo de morir, por ese modo de conocer, yo adiviné, viajabas en la antigüedad. Tus ojos miraban mi manera de vivir, mi manera de ser. Tú sabías estas cosas. Un abandono misterioso, un permanente silencio, unos latidos en la lluvia. Tú, en esta húmeda oscuridad y también mis huesos. Yo siento la pena infinita con que me van a alejar. Te lo ruego. Cuando mires, no me mires”.

Los niños es nuevamente un juego de palabras, de distorsiones. Pero como juego es uno de los más tenebrosos, con parte del poema de Jaime Sabines “Los Amorosos”, leído por él también.

La lluvia es una versión del tema Jiyaway Sambita, compuesta por Ulises Hermosa, de Los Kjarkas. Originalmente una canción con melodías muy dulces y una voz emotiva, la voz de Dante le otorga un clima pesado aunque la voz de Vero Pérez no deja que la dulzura del quechua se pierda, a pesar de la tristeza, a pesar de la desolación.

¿Cómo hablar de La Carta? Se sobreponen sonidos, se instaura un espacio. La intención parece ser deformar el tiempo, deformar sensaciones. Tres minutos son necesarios para que uno se sienta solo, y tenga que escuchar de nuevo a Sabines, leer otro poema suyo para sentir que el infinito cabe en una taza de café.

Los últimos segundos dan paso a la última canción: sonidos naturales, animales como en Los perros, pero desde una profundidad inasible. Las ballenas nos han llevado al fondo del mar, mar de tristezas, mar de amores. Se escucha un silbido que parece llamar a lo perdido, o simplemente parece tararear a la distancia. Termina el viaje, termina el sueño, las cartas, la visita al asilo. Terrible, dramático, incómodo, deforme. Pero tenemos que escuchar una vez más, algo llama la atención. En cada uno es una experiencia diferente.

En Asilo, el poeta y el músico cruzan la frontera del lenguaje y la melodía. Son uno. El poeta instaura verdad, el músico la legitima. Asilo es un baile, pero como baile, es uno de los más serios. Y pensar que Asilo es un pequeño mundo, al igual que El otro baile y Clara, dos discos que no alcanzaron a ser comentados por ahora. Algo que no podemos reprochar nunca a El Otro Baile es la disposición de los discos, todos ellos en su página. Videos, fotos, letras, ahí está todo. Una pequeña mina de oro para quien se pueda tomar el tiempo de descifrar los diferentes niveles de sentido en cada tema, cada disco. Dejo el link y la invitación para escuchar los demás bailes, porque valen la pena bailar.

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