La primera vez que escuché Absolution fue en un reproductor de CD que hoy estaría en un museo, con auriculares baratos y la sensación de que algo muy serio estaba a punto de pasar. No sabía exactamente qué, pero ahí estaban Muse sonando a apocalipsis elegante, a guitarras con complejo de catedral y a Matt Bellamy cantando como si el fin del mundo le pillara justo antes de cenar. Era 2003, el miedo era un concepto pop y Absolution llegó como ese disco que te hace subir el volumen aunque sepas que los vecinos ya te odian.
Con el tiempo entendí que Absolution no fue solo otro álbum en la discografía de Muse, sino el momento exacto en el que encontraron su voz más épica, oscura y reconocible. El disco donde dejaron claro que no iban a ser “una banda más de rock alternativo británico” y empezaron a jugar en otra liga, entre el dramatismo, la grandilocuencia y el gancho emocional. Vamos a repasar quiénes eran Muse antes de Absolution, por qué este álbum lo cambió todo y cómo terminó definiendo el sonido que aún hoy los acompaña, para bien, para mal y para llenar estadios.
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¿Quiénes eran Muse antes de Absolution?

Antes de que Absolution les diera ese aire de banda capaz de narrar el apocalipsis con un piano y tres acordes, Muse ya llevaba tiempo jugando a ser algo más grande de lo que su etiqueta permitía. A finales de los noventa, cuando el rock británico aún arrastraba la resaca del britpop y las guitarras parecían obligadas a sonar irónicas, Muse apareció con otra actitud: intensidad sin pedir perdón, dramatismo a pecho descubierto y un cantante que no conocía el significado de “contenerse”. No eran todavía una banda masiva, pero ya dejaban claro que su ambición iba bastante por delante de su estatus.
Hablar de Muse antes de Absolution es hablar de una banda joven, hiperactiva y ligeramente desubicada, intentando encontrar el punto exacto entre el virtuosismo, la emoción y la necesidad de no parecer un experimento demasiado raro para la radio. El camino hasta su disco más épico no fue recto, pero sí coherente: cada paso iba sumando capas a ese sonido grandilocuente que acabaría explotando del todo en 2003.
Cuando Muse debutó, la palabra “revelación” les cayó encima casi sin pedirla. Showbiz (1999) los colocó rápidamente en el radar como “esa banda que suena un poco a Radiohead, pero grita más”, comparación injusta y perezosa, pero inevitable en la época. Aun así, el disco tenía algo que destacaba: una intensidad emocional poco habitual y una ejecución instrumental sorprendentemente madura para una banda tan joven.
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El problema de ser una revelación es que el segundo paso siempre es el más incómodo. Muse no solo tenía que demostrar que sabía escribir canciones, sino que ese dramatismo no era un truco puntual. En directo ya apuntaban maneras, con conciertos tan viscerales que parecían una mezcla entre recital de rock alternativo y terapia colectiva. La sensación era clara: había talento, había hambre y había una banda que todavía no había terminado de decidir hasta dónde quería llegar.
Showbiz y Origin of Symmetry: el camino hacia la épica
Showbiz fue el punto de partida: un disco crudo, emocional, con canciones que respiraban angustia juvenil y una voz llevada constantemente al límite. Muse sonaba urgente, a veces desbordado, pero auténtico. No era aún la banda monumental que conoceríamos después, pero ya estaba sembrando las semillas de su obsesión por lo grande, lo intenso y lo dramático.
Todo cambió realmente con Origin of Symmetry (2001). Aquí Muse decidió dejar de pedir permiso. El sonido se volvió más agresivo, más extraño, más ambicioso. Sintetizadores, bajos distorsionados, falsetes imposibles y una clara intención de romper moldes. Canciones como “Plug In Baby” o “New Born” ya no buscaban encajar, sino imponer un universo propio. Era un disco menos accesible, pero mucho más definitorio.
Con Origin of Symmetry, Muse dejó claro que la épica no iba a ser un adorno, sino el núcleo de su identidad. Aún faltaba pulir el mensaje, ordenar el caos y convertir toda esa energía en un discurso más sólido. Absolution no surgiría de la nada: sería la consecuencia lógica de dos discos que, cada uno a su manera, empujaban a Muse hacia algo más grande, más oscuro y, sobre todo, más inolvidable.
Absolution: el disco que lo cambió todo
Hay discos que suenan bien y discos que llegan en el momento justo, cuando el mundo parece un poco más raro de lo habitual y uno necesita música que no finja que todo va a salir bien. Absolution fue eso para Muse y, de paso, para muchos de nosotros. En 2003 la banda dejó de ser “prometedora” para convertirse en algo mucho más serio: un grupo con discurso, con identidad y con una épica que ya no cabía en salas medianas. Muse no solo subió el volumen, también afinó el mensaje y entendió que su dramatismo natural podía jugar en primera división.
Este disco no fue un giro brusco, sino una especie de alineación de planetas. Todo lo que Muse había insinuado en trabajos anteriores —la intensidad, la oscuridad, la ambición desmedida— encontró aquí su forma definitiva. Absolution no es importante solo por sus canciones, sino porque fijó las reglas del juego para todo lo que vendría después.
Absolution nació en un momento cultural cargado de ansiedad. Principios de los 2000, informativos saturados de terrorismo, guerras retransmitidas en directo y una sensación general de que el futuro iba a ser, como mínimo, incómodo. Muse absorbió ese clima sin necesidad de escribir panfletos: paranoia, control, religión, colapso y culpa flotan por todo el disco como un ruido de fondo constante.
Lo interesante es que Muse no se posiciona como banda protesta clásica, sino como narradora del malestar. Las letras de Absolution funcionan casi como un diario colectivo: miedo al otro, miedo a uno mismo, miedo a perder el control. Todo pasado por el filtro exagerado y teatral que siempre ha definido a Muse, porque si vas a hablar del fin del mundo, mejor hacerlo a lo grande.
El sonido Absolution: oscuridad, grandilocuencia y emoción
Musicalmente, Absolution es el momento en el que Muse encuentra el equilibrio perfecto entre accesibilidad y exceso. Aquí conviven riffs pesados, líneas de bajo memorables, pianos casi litúrgicos y estribillos diseñados para ser cantados a pleno pulmón. Todo suena grande, pero no vacío; intenso, pero no gratuito.
El disco tiene una cohesión sonora muy clara: oscuro sin ser opresivo, épico sin caer en la caricatura. Muse aprende a manejar los silencios, las dinámicas y la tensión emocional con más inteligencia que nunca. Cada canción parece pensada para escalar, para crecer, para acabar explotando justo donde tiene que hacerlo. Es el sonido de una banda que ya sabe quién es y no tiene miedo de exagerarlo.
Si Absolution funciona como bloque es, en gran parte, porque Matt Bellamy estaba en uno de sus picos creativos más evidentes. Su forma de cantar —entre lo vulnerable y lo apocalíptico— se convierte aquí en una herramienta narrativa total. Bellamy no interpreta canciones: las dramatiza, las vive, las sufre un poco por todos nosotros.
En este disco, Muse canaliza todas las obsesiones de Bellamy —el control, la fe, el colapso, la redención— sin dispersarse. Hay foco, hay intención y hay una confianza absoluta en que la exageración no es un defecto, sino una virtud. Absolution es el punto en el que Muse deja claro que su música no está pensada para pasar desapercibida, sino para quedarse resonando, como ese eco incómodo que aparece justo después de una gran explosión.
Las canciones que definieron el ADN épico de Muse
Si Absolution funciona como una película completa, estas canciones son las escenas que todo el mundo recuerda. Aquí Muse terminó de construir su ADN épico a base de contrastes muy bien medidos: calma y explosión, músculo y melodía, paranoia y emoción pura. No hay relleno ni experimentos a medio hacer; cada tema cumple una función clara dentro del relato del disco y, de paso, dentro de la historia de Muse como banda.
Lo interesante es que estas canciones no solo definieron una etapa, sino una manera de entender el rock de estadio sin perder dramatismo ni identidad. Muse aprendió a escribir temas que funcionan igual de bien en unos auriculares que coreados por miles de personas, y Absolution es el manual no oficial de cómo hacerlo.
“Time Is Running Out”: el himno que los lanzó al mainstream
“Time Is Running Out” fue el momento en el que Muse cruzó definitivamente la frontera del público masivo sin renunciar a su intensidad. Un riff hipnótico, una estructura casi pop y un estribillo que se te queda pegado aunque intentes resistirte. Es la canción que sonaba igual de bien en la radio, en la MTV de madrugada y en ese CD grabado que todos teníamos en el coche. Aquí Muse demostró que podía ser accesible sin suavizar su discurso. La tensión rítmica y la sensación de urgencia encajaban perfectamente con la paranoia elegante que define al grupo. No es casualidad que para muchos esta fuera la puerta de entrada a su universo.
“Hysteria”: el bajo más icónico de su carrera
Hablar de “Hysteria” es hablar de uno de los riffs de bajo más reconocibles del rock de los 2000. Un inicio que no necesita presentación y que convirtió a Muse en referencia obligada para cualquier bajista con ambiciones. Pero reducir la canción a su línea de bajo sería injusto. “Hysteria” es pura obsesión sonora: ritmo imparable, guitarras afiladas y un estribillo que mezcla desesperación y épica como solo Muse sabe hacerlo. Es uno de esos temas que no baja la intensidad ni un segundo y que, en directo, sigue funcionando como un golpe directo al pecho.
“Stockholm Syndrome” y la agresividad controlada
Si alguien dudaba de que Muse también podía sonar brutal, “Stockholm Syndrome” se encargó de disipar cualquier sospecha. Guitarras pesadas, tempo acelerado y una energía casi violenta, pero siempre bajo control. Nada suena caótico: todo está milimétricamente calculado para mantener la tensión al máximo. Esta canción muestra el lado más agresivo de Muse, pero también su disciplina musical. Es fuerza sin perder precisión, rabia con sentido melódico. Un recordatorio de que la épica también puede ser incómoda y visceral.
Absolution no sería lo mismo sin sus momentos de pausa relativa, esas canciones donde Muse baja las revoluciones sin abandonar el dramatismo. Baladas oscuras, medios tiempos cargados de coros casi religiosos y una sensación constante de que algo grande —y no precisamente bueno— está a punto de ocurrir.
Aquí Muse demuestra que su épica no depende solo del volumen o la velocidad, sino de la emoción. El disco respira, se expande y se contrae, jugando con la intensidad para que cada explosión tenga más impacto. Es ese equilibrio entre contención y exceso lo que terminó de definir el sonido de Muse y convirtió Absolution en un referente que todavía hoy sigue marcando el camino.
Absolution ¿es realmente el mejor disco de Muse?
Hablar de Absolution dentro de la discografía de Muse es como hablar de ese disco que siempre acaba saliendo en la conversación, incluso cuando no toca. Da igual si alguien prefiere la electrónica posterior o la crudeza de los primeros años: Absolution aparece como referencia inevitable. No solo porque tenga canciones memorables, sino porque marca un antes y un después muy claro en la forma en la que Muse se entiende a sí mismo como banda.
Este álbum no vive aislado, sino en diálogo constante con todo lo que Muse había hecho y con todo lo que haría después. Por eso sigue siendo tan relevante: no es solo un gran disco, es un punto de inflexión.
Decidir si Absolution es el mejor disco de Muse depende mucho de desde dónde se escuche. Para muchos, sí lo es, porque representa el equilibrio perfecto entre ambición, emoción y canciones redondas. Aquí Muse todavía suena hambriento, pero ya domina sus herramientas; exagerado, pero con criterio; épico, pero sin caer aún en la autoparodia.
Otros señalarán Origin of Symmetry por su riesgo o trabajos posteriores por su espectacularidad. Y todos tendrán parte de razón. Pero lo que distingue a Absolution es que funciona igual de bien como obra completa que como colección de canciones sueltas. No hay picos artificiales ni relleno evidente. Muse estaba en un momento creativo especialmente inspirado, y eso se nota de principio a fin.
Antes y después de Absolution: un punto de no retorno
Antes de Absolution, Muse era una banda en ascenso, respetada y seguida, pero todavía con algo que demostrar. Después, ya no hubo vuelta atrás. El disco los colocó en otra escala: escenarios más grandes, expectativas más altas y una identidad sonora que ya nadie podía confundir con la de otros grupos.
A partir de aquí, Muse dejó de ser solo una banda de rock alternativo ambiciosa para convertirse en un proyecto claramente orientado a lo monumental. La épica pasó de ser una herramienta a ser el lenguaje principal. Ese cambio no fue inmediato ni radical, pero sí irreversible. Absolution fijó el listón y obligó a todo lo que vino después a dialogar con él, para superarlo, ampliarlo o discutirlo.
La influencia de Absolution se extiende como una sombra cómoda y, a veces, incómoda sobre el resto de la discografía de Muse. Muchos de sus discos posteriores han sido leídos —para bien o para mal— en comparación con este álbum. Cada nuevo lanzamiento parecía venir acompañado de la misma pregunta silenciosa: “¿Está a la altura de Absolution?”.
Más allá de comparaciones, lo cierto es que Muse nunca volvió a sonar ingenuo después de este disco. La grandilocuencia, los coros masivos, la teatralidad y la sensación de urgencia emocional que aquí se consolidan se convierten en elementos estructurales de su música. Absolution no es solo un recuerdo glorioso; es el molde a partir del cual Muse decidió construir su futuro, con todas las virtudes y excesos que eso implica.
Preguntas frecuentes
¿Quiénes son Muse?
Muse es una banda británica de rock formada en Teignmouth (Inglaterra) en 1994. El grupo lo integran Matt Bellamy, Chris Wolstenholme y Dominic Howard, y es conocido por su sonido épico, teatral y ambicioso.
¿Qué estilo musical tiene Muse?
Muse combina rock alternativo, rock progresivo, electrónica y elementos clásicos. Su estilo destaca por la grandilocuencia, los contrastes dinámicos y los estribillos de estadio.
¿Cuál es la canción más conocida de Muse?
“Uprising”, “Time Is Running Out” y “Starlight” están entre las canciones más conocidas de Muse, dependiendo del mercado y la generación del oyente.
¿Qué diferencia a Muse de otras bandas de rock?
Lo que distingue a Muse es su mezcla de virtuosismo técnico, épica emocional y ambición sonora, combinando rock con elementos electrónicos y clásicos sin complejos.
¿Por qué Muse divide tanto a la crítica?
Porque Muse apuesta sin miedo por la exageración y la épica. Ese estilo apasiona a muchos fans, pero también genera rechazo en sectores de la crítica más conservadora.
Última actualización el 2026-01-21 / Enlaces de afiliados / Imágenes de la API para Afiliados