Bajo Tierra se ha consolidado como una de las propuestas más singulares del Heavy Metal boliviano. Desde su nacimiento en 2002, la banda ha construido una identidad marcada por la independencia, la exploración sonora y la fusión del Metal con el Folklore. Álbumes como Jallpa Urapi, Al Diablo y Súplica por mi Alma reflejan una búsqueda que conecta cultura, memoria, crítica social y experimentación.
En esta entrevista exclusiva con LaCarne Magazine, aterrizamos en Cochabamba, Bolivia, donde Bajo Tierra repasa los momentos que definieron su recorrido, desde los primeros ensayos hasta las dos décadas de Al Diablo y su reivindicación del formato físico con una edición en vinilo. La banda también recuerda sus experiencias audiovisuales, colaboraciones y su mirada sobre el presente del Metal boliviano y los proyectos que marcarán su futuro.
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Bajo Tierra

Este 2026 celebran 24 años de trayectoria. ¿Qué balance hacen de este recorrido y cuáles han sido los momentos que definieron su identidad?
Somos una banda que, desde el nombre, asume una posición clara en la escena musical de nuestro país y la región, conscientes de que es en el Underground donde la libertad estética y discursiva ampara nuestra propuesta.
El día que nos juntamos a improvisar por primera vez, también acordamos volver una semana después con composiciones para presentar en el ensayo. Ese momento definió que seríamos una banda dedicada a crear música propia y compartir nuestras influencias. Todo se tradujo en ejercicios de exploración y expresión que plasmamos en nuestros primeros demos. Cada grabación fue definiendo, poco a poco, nuestra identidad.
El álbum Al Diablo cumple 20 años y decidieron conmemorarlo recreando el histórico concierto del 6/6/6. ¿Qué significó volver a interpretar ese disco dos décadas después y cómo ha cambiado su forma de entender esas canciones?
Al Diablo explora la Mitología Andina y su cultura, las diversas formas de entender la expresión “al diablo”, cuestiona los prejuicios sobre la contracultura metalera y relaciona la injusticia social con la violencia.
Visitamos el infierno personal y colectivo, con una estética que transita entre el Metal de Vieja Escuela, el Rock Progresivo y el Metal Andino, más sólida que en nuestro primer álbum. Veinte años después, advertimos que casi no han cambiado las motivaciones que nos llevaron a producirlo.
Existe nostalgia por lo vivido hace dos décadas y, al mismo tiempo, renovación. Volvimos a utilizar “inserts” de audio, a tocar en sincronía con proyecciones de videoarte y a conectar con quienes nos siguen desde entonces. Ha sido placentero y reafirmativo. Seguimos creyendo en el poder de nuestra cultura, en exponer la injusticia social y, sobre todo, en la música como poderoso mecanismo de expresión.
Al Diablo se ha convertido en uno de los trabajos más representativos del Heavy Metal boliviano, ¿qué elementos creen que hicieron de ese álbum una obra tan importante para la escena nacional?
En este álbum consolidamos la fusión del Heavy Metal con el Folklore boliviano, una mezcla que hace dos décadas generaba resistencia en los sectores conservadores del Metal de Vieja Escuela. Estudiamos para abordar la violencia y la injusticia social sin caer en el panfleto político, acercándonos a la antropología, la etnomusicología y el Folklore de Oruro para comprender “la angustia del diablo”, opresor de sí mismo.
La fecha de presentación tampoco fue casual: invita a pensar en el número de la bestia, que es número de hombre, y en los males de la sociedad. Entre ellos, el prejuicio de algunos cristianos que, al parecer, no terminaron de leer el último libro de la Biblia. Ese día, la prensa local nos preguntó: ¿son satánicos?
Llevamos a la escena el relato de La Diablada mediante el enfrentamiento del Arcángel Miguel con la Ira, uno de los siete pecados capitales. La narrativa de una de las mayores expresiones del Folklore boliviano se convirtió, de alguna manera, en la primera diablada metalera.
También tomamos la melodía tradicional de la Morenada, Aromeñita, compuesta por Manuel Soliz, y la reinterpretamos para recuperar el discurso original de una danza que incorporó temas como el despecho, la traición y el amor romántico, dejando en segundo plano su origen como denuncia de la esclavitud de la comunidad afrodescendiente durante la Colonia.
La celebración de los 20 años de Al Diablo también reivindica la estrecha relación que tuvieron con Efecto Doppler, dando vida a una serie de videoclips muy memorables. ¿Qué recuerdos conservan de aquella etapa creativa y qué aportó el lenguaje audiovisual a la propuesta de Bajo Tierra?
Nos reunimos una sola vez en un café con jóvenes estudiantes de Comunicación Social, meses antes del 6/6/06. Les entregamos una copia del máster, sin sesión de escucha ni dinámicas habituales de producción audiovisual, con una consigna: Efecto Doppler escucharía el material y elaboraría videos para proyectarlos durante la presentación del álbum, en sincronía con la música.
Hicimos un pacto de cero censura e injerencia y acordamos proyectarlos directamente el día de la presentación. Así, la noche del martes 6 de junio de 2006, mientras tocábamos el álbum En Directo, el público pudo apreciar el trabajo de este grupo de jóvenes cineastas.
Para nosotros era inevitable buscar alguna pantalla para ver qué habían hecho con nuestra música y qué veían los asistentes. Recién días después apreciamos el gran trabajo realizado, en una época en que las proyecciones sincronizadas con música prácticamente no se hacían en nuestro país. ¡Fue un gran aporte!
El videoclip Domínguez obtuvo el premio al Mejor Video Arte en el Festival Internacional de Video de Santa Cruz y fue nominado a Mejor Sonido. ¿Qué representa ese reconocimiento dentro de la historia de la banda?
Pablo Bustamante dirigió esa pieza audiovisual, presentada en la primera versión internacional del FENAVID, con participación de escuelas de cine extranjeras. Ganar fue mérito artístico de Pablo. La nominación a Mejor Sonido fue una sorpresa: no esperábamos que un álbum producido en condiciones Underground compitiera con producciones internacionales.
Cuando grabamos Al Diablo, no vivíamos en la misma ciudad. Sergio estaba en Miami haciendo un posgrado en sonido, Roger en Santa Cruz, Carlos en Oruro, Gonzalo en Quillacollo y Ernesto en Cochabamba. La batería llegó en un CD por correo, las letras por fax y otras por correo electrónico.
Juntamos todo en la sala-comedor de la casa de Ernesto, aislada con colchones, almohadones y cobijas. Teníamos cuatro micrófonos y sólo uno era confiable. El bajo fue grabado por línea y la guitarra “chinita” con un equipo escolar.
Por entonces repetíamos: “No es la fecha, es el indio”. ¡Y qué indios que fuimos y somos! Aprendimos que, pese a las limitaciones, el Underground no tiene que ser sinónimo de mala calidad, sino de Independencia.
En temas como Domínguez, Aymara o Sarir existe un diálogo muy fuerte entre el Heavy Metal y la música boliviana. ¿Cómo nació esa necesidad de reinterpretar nuestras raíces desde un sonido pesado?
La fusión del Heavy Metal con el Folklore surgió en las primeras sesiones de improvisación de la banda, hacia 2002. Ernesto recordó El Sariri, tema de Nataniel Gonzales y Luciano Callejas, una especie de himno del migrante boliviano que mantiene presente la necesidad de volver.
Poco después homenajeamos al tío abuelo de Sergio, el maestro Jaime Medinacelli, con El Minero, tema ligado a la comunidad obrera. Ambos aparecerían años después en nuestro primer álbum.
Desde entonces enfrentamos el rechazo de la comunidad metalera, que tardó en aceptar esta fusión como una forma de vestir de rojo, amarillo y verde al Metal boliviano.
Continuamos explorándola en nuestro segundo álbum con Domínguez, homenaje al guitarrista tupiceño Alfredo Domínguez, y composiciones de Folk Rock de Dante Uzquiano, reinterpretadas con una estética de Metal Andino y Progresivo. Otra apuesta por acercar el Heavy Metal al Folklore boliviano sin recurrir al charango, las quenas o las zampoñas.
Súplica por mi Alma (2022), un álbum que además tuvo una edición en vinilo. ¿Qué representa este disco dentro de su evolución musical?
Cuando hicimos este disco, la vida nos puso a casi todos en la misma ciudad, lo que permitió producir con calma (nos tomamos más de 15 años en consolidarlo). Hicimos demos y trabajos musicales. Fuimos padres, nos dedicamos a la familia y al trabajo que sostiene nuestra independencia musical y, sin darnos cuenta, pasaron los años. El formato físico comenzaba a desaparecer y se imponía el consumo digital.
Mientras el mundo archivaba casetes y CDs, un grupo de melómanos se resistió a la muerte del formato físico. El vinilo volvió a Bolivia y, con él, una percepción musical más consciente, como alternativa a esa escucha posmoderna donde la música queda de fondo, como un ruido más, y ya no como protagonista de uno de los mayores placeres humanos.
Decidimos volver por viejos senderos que llevan directo a la música, sin distracciones. Quisimos ofrecer una experiencia centrada en la información y el arte de la cubierta gatefold. Priorizamos la apreciación musical y, por eso, no hicimos videoclips. ¡Esta vez, sólo música!
Canciones como Los Ratas de Siempre, Hoja Sagrada o Nunca Más reflejan diferentes matices líricos. ¿Cuáles fueron las principales inquietudes que inspiraron la composición del álbum?
El Lado B aborda la preocupación por los impactos ambientales de la industria minera, la explotación infantil, la expansión urbana, la industria agrícola de la soya y la coca, cómplices de los incendios de bosques en Sudamérica, el narcotráfico y otros males sociales.
El Lado A incluye cuatro piezas íntimas: un homenaje a William Ernesto Centellas, Maestro del charango; la primera Cueca metalera inspirada en el amor materno; el duelo por la muerte de los seres queridos en Pronto Llegaremos; y lo tortuoso de la separación de quienes uno ama, que obliga al grito desesperado: Nunca Más Nos Separarán.
Metal boliviano en constante movimiento
La edición en vinilo de Súplica por mi Alma ha tenido una excelente recepción y prácticamente se agotó. ¿Qué significado tiene para ustedes ver que el formato físico sigue despertando interés entre los seguidores del Metal?
Es honesto precisar que el tiraje fue de 300 ejemplares, lo que, en el territorio de los melómanos, se considera una edición limitada y de colección. El Metal y el Rock boliviano no venden discos físicos por miles. Sin embargo, ese grupo de personas que dedica tiempo al ritual de apreciación musical de nuestra obra nos transmite una conexión real. Ahí existe una comunicación directa entre músicos y público.
Este año también participan en espacios como La Feria del Vinilo. ¿Qué importancia tienen este tipo de iniciativas para mantener viva la cultura del coleccionismo y fortalecer el vínculo entre las bandas y su público?
En los últimos años se han realizado varias Ferias del Vinilo en nuestro país y en el exterior, espacios no masivos destinados a coleccionistas. Nuestro vinilo viajó a Perú, Argentina, España y a varias ciudades de Bolivia donde se realizan estas ferias.
Si bien en esta época podemos enviar un enlace a las plataformas digitales que contienen nuestro catálogo, la presencia física de nuestra producción personaliza y materializa nuestra asistencia a espacios donde son frecuentes los cazadores de material nuevo. De alguna forma, el vinilo se convierte en un embajador de nuestra música en diversos espacios.
A lo largo de su historia han compartido escenario con artistas de distintas generaciones y estilos, últimamente junto a Nataniel Gonzales o Hate S.A.. ¿Qué les aporta esa diversidad de experiencias?
De Hate a Nataniel Gonzales existe un amplio espectro de diversidad musical. Es increíble cómo nuestra música puede compartir escenario con propuestas tan distintas. Hace un par de años fuimos anfitriones del XXX Aniversario de Hate; son grandes amigos y músicos increíbles.
Con Nataco tenemos una conexión de décadas, una amistad que también se ha trasladado a escenarios y estudios de grabación, especialmente en la producción de su álbum Buscando en el Tiempo, donde aportamos en la producción y los procesos creativos.
Es un honor compartir escenario con músicos diversos. De Hate apropiamos la energía y la fuerza; de Nataniel, la sensibilidad y la improvisación. También hemos compartido escenario con bandas emblemáticas como Sacrilegio y Track, además de propuestas contemporáneas y jóvenes como Daga, Ethernals, Esotherica, Alma Eterna, Oscuro Mito, Armadura, Wara, La Logia y Los Ovnis. Todas nos transmiten experiencias, alimentan nuestras búsquedas musicales o simplemente nos generan placer.
Recordando el proyecto Metal Marka, que fue un álbum tributo a Kala Marka junto a varios artistas, con la interpretación de Pujllayman Tusu, ¿qué significó fusionar el Metal con la Música Andina?
Ha sido un proyecto importantísimo porque consolidó la fusión del Heavy Metal con el Folklore boliviano, rompiendo la resistencia de nuestros primeros años.
Con Armadura fuimos parte del colectivo metalero Uniendo Fuerzas, integrado por bandas argentinas y bolivianas. Fue la primera vez que llevamos nuestra música fuera del país, con excelente recepción, lo que nos impulsó a seguir explorando la fusión.
En ese contexto nació el disco homenaje a Kala Marka, que cumplía 30 años de trayectoria. Armadura ya había grabado algunos temas y decidió invitar a bandas a hacer versiones metaleras. Creamos un grupo de chat y respondieron varias agrupaciones de la escena Underground.
Aportamos una versión de un Pujllay en quechua y bautizamos el álbum como Metal Marka. No queríamos llamarlo “Tributo a…”. Hicimos una gira con las bandas participantes y organizamos la fecha en Cochabamba. También fueron parte del concierto encabezado por Jeff Scott Soto y Spektra. ¿Cómo viven la oportunidad de compartir escenario con más importantes representantes del Hard Rock y Heavy Metal internacional?
Hemos tenido la oportunidad de abrir para muchos grupos del exterior, tanto del buen Underground bonaerense —en tiempos de Uniendo Fuerzas—, como para bandas consagradas de la New Wave of British Heavy Metal, como Raven. Cada experiencia al abrir para grupos que visitan nuestro país es un aprendizaje y una oportunidad para generar contactos, compartir nuestra música y apoyar la de nuestros colegas.
¿Qué significa la música para Bajo Tierra?
La música es el placer más grande la humanidad, y en nuestro caso, es lo que mantiene nuestra hermandad. No es un lenguaje, no es un hobby, no es sólo arte, es algo mucho mayor a la suma de cada individualidad creativa. La música es alimento de nuestras almas.
Una breve historia de la banda, ¿cuándo nace el proyecto musical? ¿Quiénes lo integran en la actualidad y qué instrumentos interpretan?
Bajo Tierra nace el 6 de abril de 2002 en la casa de Sergio Terán, en una sesión de ensayo que culminó con el compromiso de tener un segundo ensayo con canciones que los integrantes debiéramos llevar para proponer. Actualmente tenemos una formación que es estable desde 2006 con Ernesto Guevara (guitarra), Sergio Terán (batería), Carlos Guevara (voz), Gonzalo Rivera (bajo) y Roger Guevara (guitarra).
¿Por qué del nombre?
Bajo Tierra tiene varias razones, es la traducción del espacio musical donde nos movemos con independencia, el Underground metalero boliviano, es donde descansan nuestros muertos, es donde la semilla se transforma en vida.
¿Cuál es su discografía?
Nuestros álbumes son Jallpa Urapi (2004), Al Diablo (2006) y Súplica por mi Alma (2022). Tenemos varias colaboraciones en compilados de Rock boliviano, splits con bandas de Argentina y muchos sencillos.
¿Qué significó para Bajo Tierra formar parte del soundtrack original de la película Nostalgias de Rock de Tonchy Antezana, obra que rinde homenaje a la historia del Rock boliviano?
Tonchy es un viejo amigo de Oruro y un importante cineasta boliviano. Hicimos la canción homónima de su película para promocionarla, acompañada de un videoclip producido por Horst Brun, quien entonces formaba parte del equipo de PRODECINE. Participar en obras cinematográficas se nos ha dado varias veces y, siempre, ha sido una experiencia que nos involucra en una creación colectiva, desde el lugar que nos toque ocupar dentro del proceso.
Después de más de dos décadas de carrera, ¿cómo observan la evolución del Heavy Metal boliviano?
El Metal boliviano es amplio y heterogéneo. Como en el resto del mundo, no ha dejado de generar propuestas en diversos géneros y estilos. Actualmente existe mucha más calidad en la producción, y el Metal boliviano abre sus propios espacios para mantenerse fuerte y crear sin cesar.
¿Algunas bandas que nos quieran sugerir?
Hay muchas bandas que podemos sugerir, además de las mencionadas: Necromancy, Kulto Maldito, SER, Agoriz, Culto Calavera, Alma de Acero, Subvertor, Scoria, Estertor, Fénix, Metastays, Mortofobia y muchas más que puedes escuchar 24/7 en Púrpura en Línea, la radio del Rock boliviano.
¿En qué proyectos se encuentra trabajando actualmente?
Vamos a festejar los 50 años de Roger en un par de días, luego nos pondremos a revisar el material que tenemos para retomar grabaciones de nuestras composiciones para una nueva producción discográfica. No tenemos previsto volver a escenarios pronto, pero puede suceder, lo que sí vamos a hacer pronto es un especial de Al Diablo en la Radio El Fin del Silencio, desde la sala de ensayo con Ariel Antezana.
Para finalizar, ¿qué mensaje desean compartir con quienes han acompañado a Bajo Tierra y con los lectores de LaCarne Magazine?
A nuestros seguidores: gracias por tantos años de respaldar nuestra propuesta musical y que compartan nuestros discos con sus hijos / hijas. A los lectores de LaCarne Magazine, muchas gracias por darnos una oportunidad para conocernos y ojalá los veamos en nuestro próximo concierto.
A más de dos décadas de su nacimiento, Bajo Tierra demuestra que la Independencia puede ser una forma de resistencia y creación. Su recorrido revela una banda que nunca temió cuestionar los límites del Metal, incorporando memoria, folklore y problemáticas sociales de Bolivia a una propuesta construida desde la convicción y la libertad artística.
Al Diablo continúa dialogando con el presente, mientras la banda prepara nuevas composiciones. En tiempos de consumo musical inmediato, su defensa de la escucha consciente, el formato físico y la creación colectiva reafirma una idea esencial: mantenerse fiel a una identidad también es una poderosa forma de permanecer vigente.
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