Un recuerdo a YEHUDI MENUHIN en su centenario

Yehudi Menuhin

UN RECUERDO A YEHUDI MENUHIN EN SU CENTENARIO

Fue en 1930 cuando Albert Einstein, creador de la física moderna, aquel genio científico de origen judío, que, por otra parte, tocaba el violín como una de sus aficiones favoritas, pronunció la sentencia: “Ahora sé que hay un Dios en el cielo”. Una expresión que definía las sensaciones que había experimentado al  oír a un chaval de 14 años que terminaba de dar un concierto de violín.

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Ese chaval era Yehudi Menuhin, neoyorquino, hijo también de una familia de origen judío-rusa, un superdotado que, familiarizado desde los cinco años con el instrumento, ya a los 12 daba conciertos para asombro de quienes no solo veían en él a lo que se llama un niño prodigio, sino a un músico de primer orden. Un intérprete que terminó siendo, en una carrera imparable, uno de los más grandes violinistas que han existido, amén de un notabilísimo director de orquesta, un pensador, un artista comprometido con los valores éticos, y un abanderado de tantas causas nobles. Una figura, en fin, entre las más relevantes de todo el siglo XX.

Esta primavera se ha cumplido el centenario de su nacimiento, pues vino al mundo en la primavera de 1916, y, en recuerdo de tan gran personalidad, es justo que en su conmemoración se estén celebrando este año numerosos homenajes en los ambientes musicales de todo el mundo. Homenajes también en España, promovidos por la Fundación Yehudi Menuhin, que nació en su rama española en 1998. Recuerdos merecidos en diferentes  ciudades, entre las que no ha sido ajena la comunidad extremeña con un concierto en Plasencia, que como referencia e hilo conductor tuvo al gran intérprete.

Si para mí Yehudi Menuhin había sido siempre violinista de singular admiración en tardes de inefable placer escuchando grabaciones admirables (grabó hasta 80 discos), y también doble admiración como pensador, humanista, defensor de las minorías culturales (por cuanto sus escritos me hablaban de la nobleza de su alma), no puedo describir la acusada  impresión  que me produjo cuando se me hizo la encomienda de ir a recibirle al aeropuerto de Barajas el 19 de Febrero de 1992, y traerle hasta Cáceres en donde iba a dirigir, tres días después, la Misa en si menor de Juan Sebastián Bach, en el Auditorio de San Francisco.

Yehudi Menuhin se me mostró entonces no como el gran intérprete, el destacado, el virtuoso, el artista importante, sino como un ser humano entrañable, siempre curioso y fascinado por cuanto veía en una tierra, Extremadura, que pisaba por primera vez. Compartí con él en esos tres días de estancia entre nosotros, así como con su secretaria, la encantadora y jovencísima francesa que le acompañaba en el viaje, varios momentos que sirvieron para  acercarme al artista, y aún más a la persona, pues del artista conservaba pruebas sobradas en mi discoteca, pero como ser humano sumaba y adquiría para mí una dimensión más grande por su visión del arte y de la vida. Guardo de aquellos encuentros un recuerdo estimado de este músico universal.

Es por esto que al cumplirse el centenario del nacimiento de este humanista, comprometido con la defensa de los derechos humanos, que contaba con innumerables reconocimientos tanto como músico como pedagogo, como abanderado de la paz y el entendimiento entre los pueblos como recibió en vida, yo quiero poner en valor, porque se superpone a todo, mi percepción al conocerle de cerca: fue su elegancia. La elegancia de un espíritu exquisito que subrayaba y engrandecía su valía de músico. Su temple, su sensibilidad, su trato afabilísimo. Todo se confabulaba para hacer de él un ser extraordinario.

Contaba, cuando llegó a Cáceres aquel 19 de Febrero, 75 años. Su figura que recordábamos, esbelta y erguida, con el paso de los años se había tornado en la de un anciano venerable, pero con todo, ¡qué fuerza interior desprendía en las distancias cortas! Y cuando culminó su estancia entre nosotros, subió al podio y al conjuro de sus gestos, sobrios y precisos, abrazó a la orquesta, a los solistas, al coro, bajo la mirada majestuosa de Juan Sebastián Bach, y sonó la música. Yehudi Menuhin, en estado de gracia, nos llevó a la emoción bajo las bóvedas del auditorio de San Francisco en aquella memorable jornada, en la que el maestro hizo en Cáceres su contribución a un arte mayúsculo.

Sin embargo, en este año de su centenario, se me viene a la mente una de sus muchas reflexiones: “No puede haber un arte auténtico que esté conforme con el hambre, con el racismo, las bombas y la tortura”. Así lo había escrito.

http://www.liricaextremeña.es/

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