LOS ÁRBOLES MUERTOS – 1964: Cáceres, donde comienza todo
La única música en vivo que existía entonces era la música de las orquestas que tocaban en verbenas populares, en bailes o en salas de fiestas. El repertorio de estas orquestas era de música de baile (lo que ahora llaman “bailes de salón”): tangos, pasodobles, cha-cha-chas, etc.
¿Qué grupos había en Extremadura cuando fundasteis Los Árboles Muertos?
En Cáceres no había muchos grupos y en Badajoz recordamos a Los Play Boys; pero en los años sucesivos surgirían muchos y no solamente en Cáceres o Badajoz.
Algunos de los que recordamos (que nos disculpen aquellos que sin duda nos dejaremos en el tintero) son: Los Electras, Los Universales, Los Aedo, Los Halcones Rojos, Los Modos, Los Hijos de la Noche, Los Yakis y Los Sumbean en Cáceres; Los Etéreos de Los Santos de Maimona, Los Bufones de Mérida, Los Comancheros (posteriormente Los Castores) de Plasencia, Los Mejores de Almendralejo y Los Abejas, un buen grupo que, aunque sus componentes eran de Bejar, venía a actuar con frecuencia a Cáceres.
En localidades más pequeñas también se formaron muchos grupos como Los Nicols de Jaraiz de la Vera, Los Crikers de Orellana la Vieja o Museum Group de Trujillo, el grupo del cual salió Ángel Andrada, el guitarrista que luego se uniría a nosotros.
¿Hubo algún momento en vuestra carrera que sepáis que fue decisivo para lo que vino después?
Quizás hubo dos momentos importantes en la historia del grupo. Uno, cuando conocimos a Luis Miguel Rubio que, además de ser el autor del nombre del grupo, nos avaló para la compra del primer equipo e instrumentos, lo que nos permitió empezar nuestra actividad como grupo.
Un segundo momento fue cuando se incorporó Ángel Andrada al grupo y Tini se hizo cargo del bajo. En este momento se renovó el repertorio, con propuestas musicales más ambiciosas, y se produjo una evolución importante.
¿Se podría decir que fuisteis inicialmente un grupo de versiones, tan de moda en estos tiempos?
En aquellos tiempos la mayoría de los grupos hacíamos versiones. Nosotros nos decantábamos más por versionear a grupos británicos y americanos. Llegamos a componer algunas sintonías para programas de radio y en aquellas actuaciones larguísimas de los pueblos (bailes de 4 y 5 horas) solíamos improvisar mucho.
Además, como nos veíamos obligados a incluir en el repertorio música de baile (boleros, pasodobles, etc.), hacíamos versiones muy personales de este tipo de música: un pasodoble sonaba diferente con el sonido de una guitarra eléctrica a como sonaba con los tradicionales instrumentos de viento de las orquestas de baile.
¿El público comprendía vuestra filosofía, vuestra forma de sentir la música?
Con la gente joven había buena sintonía en general. Con los adultos era más difícil. El hecho de llevar el pelo largo era incluso a veces una provocación. En los pueblos la cosa era aun peor. Sin embargo, poco a poco se fue aceptando este movimiento juvenil.
Las chicas contribuyeron bastante a que la música que sonase en los bailes fuese música joven ya que eran el público que más demandaba este tipo de música para bailar “suelto”. Los chicos, por alguna extraña razón, insistían más en lo de el baile “agarrao” (je,je). Nosotros, procurábamos contentar a todos.
¿Y los que mandaban (los grises)?
Nosotros no hemos corrido delante de los grises nunca. Esto ocurría más bien en los ambientes universitarios de las grandes ciudades. Pero de alguna manera, también nos tocó vivir ese ambiente de falta de libertad y represión.
En una ocasión, cuando participamos en un certamen de grupos en Valencia de Alcántara, al manifestar desde el escenario nuestro desacuerdo con el fallo del jurado, que nos parecía injusto, tuvimos que soportar las amenazas y la intimidación de la guardia civil.
También tuvimos algún problema con otros músicos “profesionales” de la vieja escuela (músicos, muchos de ellos militares retirados, que desde hacía años tenían el monopolio de la actuación en los bailes de los pueblos) que no estaban dispuestos a permitir que unos jóvenes melenudos se hiciesen con el público joven y no dudaban en mandar a la guardia civil para impedirnos tocar porque no teníamos el carné profesional, un carné que expedía el antiguo sindicato vertical con unos criterios más que dudosos.
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