Improvisación Libre en Cáceres, como la vida misma

El pasado mes de febrero se organizó en Cáceres el primer encuentro de improvisación libre entre distintas formaciones de distintos puntos del país.

Por un lado estuvo el grupo Pool 369°, que se formó en Cáceres hace poco más de un año gracias a la insistencia e interés de Epy Figueroa, Al Eslou y Livia Estévez, improvisadores cacereños con un ímpetu y una energía considerables que no han parado de avanzar desde que los conozco hace más de dos años.

improvisación libre

Asistieron al encuentro, desde Asturias, la orquesta Improviso, dirigida por John Falcone, con tipos como Pedro Menchaca entre sus filas o Isabel Baigorri.

Y desde Madrid nos apuntamos Ricardo Rodero, César Delgado, Chema Pastor (bueno, en realidad Chema vino desde Alicante. Se calzó 1400 km en un par de días solo para tocar un poco más de media hora, algo digno de admiración) y yo.

El encuentro resultó ser más una muestra de cada uno de los grupos que un intercambio real, ya que en un solo día no da tiempo para más, pero fue una primera toma de contacto muy interesante.

Lo hicimos en el Teatro Maltravieso Capitol, lugar al que quiero agradecer desde aquí que nos haya acogido, y, además, proporcionado todos los medios a su alcance para que mostremos un espectáculo de improvisación libre, disciplina muy minoritaria y que siempre se mueve en terrenos pantanosos y arriesgados.

Es un lugar amplio y con muchas posibilidades…, y ciertamente me fui con la impresión de haberlas aprovechado.

Comenzó Pool 369° con un espectáculo cuidado y delicado con luces, performance y teatro (coordinado por Chus Mayo) interactuando con el público, seguido de una parte más musical conducida por Epy y Al, en la que salió Chema para imprimir ritmo a la pieza.

Es un grupo que lleva poco más de un año y que todavía tiene mucho que pulir, sobre todo cómo incluir a los pintores en las piezas musicales y performáticas, pero con un potencial muy grande.

Improviso, como de costumbre, hizo una actuación impecable. John nunca falla. Tiene muy claro todo en su cabeza y los músicos le siguen y responden como una maquinaria muy engrasada.

Mientras los estaba viendo, mi cuerpo se revolvía, me puse nervioso e impaciente. Estaba pensando que después de esas dos actuaciones no me podía atener al plan que tenía prefijado porque resultaría repetitivo.

Cuando llegó el momento de subirme al escenario llevaba puesta mi boina, guantes y una cazadora porque estaba helado, con las manos sudorosas y la garganta reseca.

De pronto, pedí a Chema Pastor (batería), Epy Figueroa (bajo) y Pedro Menchaca (guitarra) que comenzaran una pieza enérgica. De pronto la adrenalina comenzó a subir, y eso se traducía en que yo utilizaba el cable del micro como el látigo de Indiana Jones.

Al instante me deshice de los guantes y la boina, y la chaqueta voló por los aires como si fuera un ventilador.

Arín Dodó ya estaba a punto de salir a borbotones, porque yo estaba como ciego y sordo (las reglas más elementales de la improvisación -la escucha y la alternancia e intervención democrática de todos los implicados-, me las salté completamente, debido al subidón que estaba notando).

Empecé a dar órdenes de forma vehemente y hasta agresiva (dando voces, sin apenas señales y con empujones a los implicados), pidiendo a las chicas que corrieran por el patio de butacas…

Yo, detrás de ellas (me sorprendí a mi mismo saltando a gran velocidad por encima de unas escaleras, como si tuviera bastantes años menos de los que tengo).

Mientras, la orquesta tocaba a un ritmo frenético y el payaso Palma hacía juegos malabares con su clarinete. En esos momentos yo aullaba por el micro y daba saltos y patadas al suelo.

También hubo momentos de relax, con la flauta de César Delgado haciendo un dúo con alguna voz femenina, o cuando corté la música del grupo y dejé intervenir al público colaborando con sus voces e imitando distintas emociones: rabia, dolor, alegría o tristeza.

Volvió de nuevo el caos con las carreras por el patio de butacas de unos cuantos de nosotros hasta que nos reunimos todos en el escenario (no sé cuántos seríamos, pero el escenario estaba lleno) saltando y yo gritando.

Acabé la pieza dando un gran salto e imponiendo silencio total a la vez que me arrodillaba. Fueron 23 minutos arrolladores de caos sobre el escenario y mucho punk y minimalismo en la improvisación libre.

Sé que me salté muchas reglas y no tuve mucha escucha en esos momentos. La emoción me cegó y ensordeció.

Al día siguiente, arrepentido, me di cuenta de que podía haber pedido a Ricardo Rodero que dirigiera a continuación otra pieza, pero ni se me ocurrió en el momento.

Lo mejor y lo peor de Arín Dodó había salido en esos 23 minutos, para mí, mágicos. Seguro que César Delgado no tuvo la misma impresión, pero así son las cosas en la improvisación libre. Impredecibles, instantáneas e irrepetibles.

Fue una pena no poderlo grabar, pero el recuerdo imborrable de esa noche en el Teatro Maltravieso Capitol, en Cáceres, me acompañará siempre.

Tuve en esos momentos un montón de emociones mezcladas: alegría, subidones de autoestima y arrepentimientos.

Todo, en un tiempo récord, creando una pieza efímera, contradictoria, un tanto polémica y volátil.

Como la vida misma, así es la improvisación libre.

Atentamente, J.G. Entonado & Arín Dodó

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