Saludos lectores de LaCarne Magazine, en esta nueva entrega les propongo hacer una pausa, ponerse los audífonos o encender sus altavoces y sumergirse en uno de los lanzamientos más inquietantes de este mes, les hablo de Tenterhooks, el nuevo álbum de Silversun Pickups, una banda que vuelve a tensar las cuerdas entre el rock alternativo de guitarras densas y la vulnerabilidad emocional más descarnada.
Quizás también te interese leer:
– La Sinfonía Invisible: Historia y Evolución de la Producción Musical
– Babymetal Rompe Esquemas con Metal Forth y sus Colaboraciones Únicas
– Uchpa: el poder del quechua llevado al hard rock
Las Cuerdas Tensas de Silversun Pickups

Silversun Pickups nació en Los Ángeles a comienzos de los dos mil, y se hizo un nombre en la escena indie gracias a un sonido que combinaba distorsión, melodía y una sensibilidad casi onírica. Desde sus primeros pasos, el diálogo entre la voz quebradiza de Brian Aubert y el bajo de Nikki Monninger se convirtió en una firma reconocible, algo que explotó definitivamente con “Panic Switch” y los llevó a las listas principales y a una nominación al Grammy como Mejor Artista Nuevo.
Discos como “Carnavas”, “Swoon” y más tarde “Widow’s Weeds” y “Physical Thrills” les permitieron pulir un lenguaje propio, guitarras gruesas pero detallistas, sintetizadores atmosféricos, ritmos que parecen avanzar en círculos y letras que se debaten entre la introspección y la paranoia contemporánea. A diferencia de muchos colegas de su generación, Silversun Pickups nunca abrazó del todo el minimalismo; su hábitat natural son las capas de sonido, voces que se doblan, arreglos que crecen como una marea. Con Tenterhooks, su séptimo álbum de estudio, ese ADN se mantiene, pero el contexto y la forma de mirar la realidad han cambiado.
El nacimiento de Tenterhooks
Tenterhooks llegó el 6 de febrero de 2026, marcando varios hitos, es el séptimo álbum de la banda, su cuarto lanzamiento a través de su sello propio New Machine Recordings y la tercera vez que se encierran en el estudio con Butch Vig, el legendario productor de Nevermind y baterista de Garbage. No es un detalle menor, Vig ya había estado al mando de Widow’s Weeds y Physical Thrills, y aquí vuelve como cómplice de un sonido más crudo, ecléctico y directo, pero sin renunciar a la sofisticación.
El título, Tenterhooks (algo así como “en ascuas” o “en tensión constante”), funciona como brújula conceptual, es un disco sobre vivir con la sensación permanente de estar al borde de algo, sin saber si ese algo será un derrumbe o una liberación. Brian Aubert ha contado que querían un álbum “apresurado, impaciente, más agresivo”, que cupiera en un solo vinilo, diez canciones, cinco por cada lado, sin relleno, sin la tentación de alargarlo más de la cuenta.
La gestación no fue sencilla, a comienzos de 2025, el proceso de grabación se detuvo abruptamente cuando Aubert sufrió una lesión en el tímpano que lo llevó al hospital, obligando a la banda a replantear tiempos y prioridades. Esa fragilidad física atraviesa el disco, hay una conciencia aguda del cuerpo como límite y de la música como forma de empujar ese límite, pero también de cuidarlo. Grabado junto a Vig con la filosofía de “no hacer demos, no sobre ensayar, sólo empezar a grabar y ver qué pasa”, el álbum conserva la electricidad de una banda al borde del accidente controlado.
Actualmente, el cuarteto clásico está intacto, Brian Aubert (voz y guitarras), Nikki Monninger (bajo y voz), Joe Lester (teclados) y Christopher Guanlao (batería), sosteniendo un sonido que Butch Vig describe como “muy poderoso y bastante ecléctico”. El resultado es un álbum que respira en bloque, compacto y sin concesiones fáciles, pero atravesado por detalles de producción que recompensan las escuchas repetidas.
La tensión hecha sonido
El tracklist oficial de Tenterhooks está compuesto por diez temas; algunos han sido adelantados como sencillos y otros viven plenamente dentro del álbum. A continuación, un recorrido técnico y conceptual por cada pieza, combinando los datos conocidos con una lectura crítica y objetiva de cómo dialogan música, letra y concepto artístico.
“New Wave” abre el álbum como una declaración de propósitos claros y fuertes, fue uno de los sencillos previos y funciona como puerta de entrada a esta nueva etapa. Desde lo musical, se mueve sobre un pulso de batería tenso, casi mecánico, con un bajo firme y una guitarra que juega entre arpegios limpios y ráfagas distorsionadas, con algún guiño tímbrico a la new wave ochentera que sugiere el título.
La producción de Vig se hace notar en la claridad de las capas, cada instrumento ocupa un lugar definido, lo que permite que cuando el estribillo explota, la mezcla gane en densidad sin volverse barro. Conceptualmente, la canción parece hablar de un cambio de ciclo, de la sensación de estar montado en una “nueva ola” que no terminamos de comprender, algo que conecta con la idea de vivir “en ascuas”. En términos de estructura, no se aleja demasiado del formato verso/pre‑coro/coro, pero juega con dinámicas y puentes para mantener la tensión siempre un poco más arriba de lo cómodo.
Tomamos vuelo con “The Wreckage”, fue el primer adelanto de Tenterhooks y, con justicia, uno de los centros de gravedad del disco. Aquí el bajo de Nikki Monninger toma el protagonismo con una línea hipnótica inspirada en The Cure y Jane’s Addiction, que sostiene una atmósfera donde melancolía y energía conviven en equilibrio inestable.
Las guitarras grandes y el piano dan espacio para respirar, abriendo claros de luz dentro de un paisaje más bien oscuro. Técnicamente, la canción muestra el gusto de la banda por el contraste, versos contenidos, estribillos expansivos, arreglos que entran y salen como oleadas, y una voz que sube a registros agudos sin perder fragilidad. La letra, sin necesidad de citarla, gira alrededor de la imagen de los “escombros”, lo que queda después de una tormenta, ya sea emocional, física o social, y cómo uno decide habitar ese espacio destruido.
Con “Au Revoir Reservoir”, el disco se permite un giro más lúdico en la superficie, pero igual de inquietante en el fondo. El título juega con la despedida (“au revoir / Adiós”) y con la idea de un depósito, un lugar donde se acumulan cosas, recuerdos, rencores, versiones anteriores de uno mismo.
En lo musical, es probablemente uno de los cortes más melódicos del álbum, con un trabajo notable de sintetizadores que dibujan líneas casi acuáticas sobre una base rítmica estable. La guitarra aquí se muestra menos agresiva y más textural, construyendo fondos que sostienen la voz. En términos de estructura, coquetea con el mid‑tempo pop, pero los arreglos vocales y ciertas disonancias sutiles en los puentes impiden que se convierta en un simple respiro; más bien es una despedida ambigua, dulce y amarga a la vez.
Avanzamos y nos encontramos con “Wakey”, un track que aparece en el corazón del disco como una sacudida, un llamado de atención tanto rítmico como temático. La batería de Guanlao manda aquí, con un groove nervioso que combina hi‑hats insistentes y golpes de caja muy marcados, generando la sensación de un despertador que no se puede apagar.
Las guitarras se inclinan hacia riffs más secos y entrecortados, mientras el bajo funciona casi como un tercer tom de batería, reforzando los acentos. Conceptualmente, el tema se puede leer como una invitación a salir del adormecimiento, a mirar de frente un mundo que cambia demasiado rápido, incluso cuando eso significa aceptar la incomodidad. El juego vocal entre Aubert y Monninger añade una dimensión de diálogo interno, como si la canción fuera una discusión consigo mismo frente al espejo.
La siguiente en la lista es “Witness Mark” que toma prestado un término de la restauración y la relojería (esas marcas que se hacen en una pieza para recordar cómo encajaba con otra), y lo transforma en metáfora de la memoria y la identidad. Musicalmente, es una de las composiciones más atmosféricas del álbum, sintetizadores en capas, guitarras en reverb larga, un bajo que camina despacio y una batería contenida que deja mucho aire entre golpes.
Desde la producción, Vig enfatiza la espacialidad, jugando con paneos y reverberaciones que dan la sensación de estar dentro de un mecanismo gigante, como si cada golpe de caja fuera una pieza encajando en su sitio. La letra parece preguntar qué huellas dejamos en los demás y cuáles son las marcas que nos recuerdan quiénes fuimos, incluso cuando sentimos que todo se desarma. Es, en muchos sentidos, el lado más contemplativo de Tenterhooks.
“Thorns and All” inaugura la cara B del álbum (en el formato vinilo) y es, quizá, el punto donde Silversun Pickups decide abrir al máximo el laboratorio sonoro del disco. A nivel técnico, la banda se impone una especie de “manifiesto de sonido”, guitarras y bajo hablan un lenguaje común muy definido, los teclados se limitan a equipos analógicos y desaparecen por completo los sintetizadores blandos de software, lo que da al tema un grano cálido y casi táctil.
Es también una de las primeras incursiones del grupo en los metales, los arreglos de vientos no son un mero adorno, sino un motor melódico que empuja los estribillos hacia una sensación de expansión, como si la canción se abriera en abanico.
En cuanto a interpretación y producción, el detalle de que la toma de guitarra utilizada sea básicamente el primer intento, con sus pequeñas imperfecciones, refuerza la idea de riesgo y espontaneidad que recorre Tenterhooks; Butch elige conservar esos “errores” porque dotan al track de humanidad y carácter en lugar de pulirlo hasta la asepsia.
Conceptualmente, “Thorns and All” utiliza la imagen de un pájaro atrapado dentro de una casa para hablar de las relaciones que cambian de forma, aun cuando las puertas están abiertas y, en teoría, nada impide que cada quien vuele hacia otro lado. Esa metáfora funciona casi como un microrrelato, hay compasión, frustración y una pregunta latente sobre por qué a veces seguimos orbitando lugares donde ya no queremos estar, todo envuelto en una instrumentación que oscila entre lo denso y lo juguetón.
Uno de los sencillos más recientes es “Long Gone”, funcionando como una especie de recapitulación emocional. Tiene algo de carretera nocturna, un tempo medio, guitarras que se estiran como luces a través del parabrisas y una línea de bajo que avanza firme pero melancólica. La estructura se apoya en crescendos sucesivos, cada vuelta del estribillo suma nueva instrumentación, coros o efectos, hasta que la canción se convierte en una especie de mantra sobre lo que se ha ido y no volverá.
Desde lo técnico, es quizá una de las mezclas más pulidas del disco, donde se aprecia claramente la experiencia de Vig para hacer convivir guitarras voluminosas con elementos electrónicos sin que compitan por el espacio. La letra órbita alrededor de la idea de aceptar las pérdidas (personas, etapas, versiones de uno mismo) como parte inevitable del viaje.
Nos acercamos al final del viaje sonoro, no sin antes dar un respiro con “Running Out of Sounds”, que se siente como una pequeña escena dentro de la película completa, donde el estudio y el azar se dan la mano.
Nada más empezar, se escucha a Brian Aubert peleándose con el teléfono, un accidente sonoro que se queda en la mezcla y termina siendo parte del carácter del tema, casi como un recordatorio de que estas canciones nacieron de notas de voz, ideas capturadas al vuelo en plena gira. La base musical mantiene el pulso alternativo de la banda, pero aquí los verdaderos protagonistas son nuevamente los metales, la sección de vientos entra con una energía de “último número”, como si los músicos se despidieran del escenario en un gran cierre de fiesta.
Aunque el título pueda sugerir un comentario metamusical sobre quedarse sin ideas, Aubert ha explicado que, en realidad, la canción habla de algo más inquietante, la pérdida de la capacidad para comunicarse. Desde esa lectura, los arreglos de viento adquieren un doble filo, por un lado son exuberantes, casi celebratorios; por otro, suenan como el último intento de decir algo a voces antes de que el lenguaje empiece a fallar.
Conceptualmente, “Running Out of Sounds” se integra en el hilo de Tenterhooks como un momento en que la sobrecarga de estímulos se transforma en silencio interior, y musicalmente destaca por cómo la producción deja respirar cada capa para que el oyente “vea” a los intérpretes casi como en un directo de fin de gira.
El desenlace del álbum llega con su penúltima canción, “Interrobang” es uno de los pilares creativos del disco y, para muchos oyentes, uno de sus puntos más altos. El riff central llevaba rondando la cabeza de Aubert durante toda la gira previa, al punto de que lo tocaba constantemente en pruebas de sonido hasta que terminó cristalizado en este tema de más de cinco minutos, con un tempo medio (alrededor de 93 BPM) que le permite construir tensión sin recurrir a la velocidad.
El título hace referencia a un signo de puntuación prácticamente en desuso (la unión entre signo de interrogación y exclamación), y ya desde ahí la canción se instala en ese territorio emocional donde pregunta y grito conviven en la misma frase.
En el plano técnico, combina el ADN shoegaze y alternativo típico de Silversun Pickups con un coro que mira de frente al rock noventero más pesado, Aubert mencionó explícitamente a Alice in Chains como referencia para esa sección, algo que se percibe en las armonías vocales densas y el peso de las guitarras, sin perder el halo melódico propio de la banda. La sección rítmica de Christopher Guanlao y Nikki Monninger sostiene un groove robusto pero ligeramente contenido, lo bastante estable como para que los riffs puedan estirarse, doblarse y saturarse sin que el tema se desarme.
Conceptualmente, la canción funciona como un gran signo de puntuación emocional, es el instante en que todas las dudas, miedos y euforias que recorren al álbum se condensan en una sola frase que no sabe si es pregunta o exclamación, y por eso mismo suena tan urgente.
Llegamos al final con “Hot Wired” que cierra el disco con una sensación muy particular, no es un epílogo lánguido ni un estallido final, sino algo más parecido a unos créditos de película que se despliegan a toda velocidad.
Aubert ha descrito el tema precisamente como ese momento de créditos finales que termina casi de golpe, un final conciso que da la impresión de que la banda se levanta de la mesa sin dramatismos, pero con la conversación todavía encendida. Musicalmente, se sostiene en el núcleo clásico del grupo (guitarras con pegada, bajo sólido, batería con nervio y toques de teclados), con una estructura directa que evita giros excesivos y apunta más a la inmediatez que a la grandilocuencia.
Lírica y conceptualmente, mantiene el tono reflexivo del álbum, pero introduce un matiz de optimismo, se sigue hablando de temas pesados, de tensiones y de estados mentales al límite, sólo que aquí el foco ya no está en el colapso inminente sino en la posibilidad de seguir adelante pese a todo.
Esa mezcla de claridad y ambigüedad hace que el cierre sea coherente con la idea de vivir “en ascuas” que da nombre a Tenterhooks, no hay resolución absoluta, pero sí la sensación de que los personajes han aprendido a caminar sobre esa cuerda tensa sin caer. Al terminar, el disco se apaga rápido, casi abruptamente, reforzando la impresión de que la historia continúa fuera de campo, quizá en la próxima gira o en el próximo lote de notas de voz que Brian Aubert grabará en algún camerino.
Lo que viene

Tenterhooks no llega solo; viene acompañado de un plan de ruta ambicioso para 2026. La banda ha anunciado una gira norteamericana que arrancó el 19 de febrero de 2026 en Santa Ana, California, y se extenderá hasta el 18 de mayo en El Paso, Texas, con alrededor de 30 fechas confirmadas en Estados Unidos y Canadá. Entre ellas destacan paradas en ciudades como Reno, New Orleans, Asbury Park, Grand Rapids y dos shows en Alberta (Edmonton y Calgary), además de un show especial en Los Ángeles ligado al lanzamiento del álbum.
Esta gira no sólo servirá para presentar Tenterhooks en directo, sino también para seguir celebrando una trayectoria que ya supera las dos décadas de actividad, con un repertorio que promete mezclar los temas nuevos con relecturas de clásicos del catálogo de la banda. Según la información disponible, el tour incluirá un cuidado diseño de luces, versiones extendidas de favoritos de los fans y arreglos renovados de canciones antiguas, además de merchandising exclusivo sólo disponible en estas fechas.
Todo apunta a que el objetivo inmediato de la banda es consolidar esta nueva etapa de madurez ruidosa sobre los escenarios, sin dejar de escribir material que, como sugiere su líder Brian Aubert, sigue apareciendo en su cabeza casi sin sistema ni pausa.
Hasta aquí este viaje por el nuevo álbum de Silversun Pickups que ya se encuentra disponible en plataformas digitales al igual que en formato físico, tanto en Vinilo como en CD.
Desde LaCarne Magazine te invitamos a contarnos qué te ha parecido Tenterhooks, qué canción te golpeó más, qué línea de bajo no te puedes sacar de la cabeza o en qué momento sentiste esa cuerda tensarse dentro de ti. Déjanos tus comentarios, debatamos, recomendemos, discreparemos; al fin y al cabo, la música vive de eso, de seguir conversando incluso cuando la última nota ya se ha apagado.
Encontrarás más información sobre Silversun Pickups en su Website, Instagram, Facebook, YouTube.










